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Dominic Barton, Especial para El Espectador, Nueva York

El director general de operaciones globales de McKinsey Company analiza cómo avanzar hacia un mejor bienestar de la humanidad mejorando la economía con más tecnología, más mano de obra femenina y ampliando la edad laboral antes de pensionarse.

“Las seales de alerta se vuelven a encender en el centro de control de la economía global”, sealó acertadamente el primer ministro británico, David Cameron, tras la cumbre del G 20 de noviembre. Sin embargo, la verdadera fuente de inquietud no se encuentra en el riesgo asociado con los desafíos de corto plazo, como la nueva etapa de recesión de Japón en 2014 o el rezago persistente en la eurozona, sino los vendavales a que se enfrentará el mundo durante la segunda mitad del siglo.

Pese a altas y bajas inquietantes, los últimos cincuenta aos ofrecieron dividendos de crecimiento mundial sin precedentes. De acuerdo con indicadores como el PIB (que sin duda es una medida imperfecta), la economía mundial sextuplicó su crecimiento, y el ingreso per cápita casi se triplicó.

En el mundo en desarrollo, la riqueza sostenida y los avances en materia de servicios de salud públicos han aumentado la esperanza promedio de vida en 20 aos desde mediados de los aos setenta, y el analfabetismo adulto casi se ha reducido a la mitad en los últimos treinta aos. La desigualdad entre países ha disminuido, y sus efectos se reflejan en los mil millones de personas que han salido de la pobreza extrema tan solo en las dos últimas décadas.

Sin embargo, si las cosas continúan así, las probabilidades de lograr un progreso igualmente extraordinario en los siguientes cincuenta aos no son muy prometedoras. Desde 1964, dos motores clave han estimulado de forma excepcionalmente rápida el crecimiento del PIB: la expansión de la mano de obra, impulsada por rápidos aumentos de la población, y un crecimiento continuo de la productividad. De acuerdo con un informe que pronto estará disponible, elaborado por el Instituto Global McKinsey (MGI, por sus siglas en inglés), la tasa promedio anual de crecimiento del PIB de 3.5% en los 19 países miembros del G 20 (excluyendo la Unión Europea) y Nigeria se debe a un aumento de la mano de obra de 1.8 puntos porcentuales, y 1.7 puntos porcentuales de aumento de la productividad.

No obstante, a medida que la tasa de natalidad disminuye y la población envejece, la contribución del motor de la mano de obra en el crecimiento caerá drásticamente a alrededor de 0.3 puntos porcentuales de crecimiento anual. Aunque la productividad continúe aumentando a la misma tasa, el crecimiento global del PIB podría desacelerar y bajar a poco más de 2% anual, en promedio una caída de 40% en los últimos cincuenta aos.

La buena noticia es que esta trayectoria se puede mejorar;
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pero para lograrlo se necesita cambiar el enfoque centrado en reducir la desigualdad y concentrarse en hacer que el beneficio llegue a los pobres y a las clases medias.

El historiador Ben Friedman ha observado que la “cuestión central” en la historia de los Estados Unidos no es “la pobreza de los más desfavorecidos” ni “el éxito de los más privilegiados”, sino “el bienestar económico de una amplia mayoría” de la población. Lo mismo se aplica a nivel global, a medida que miles de millones de consumidores potenciales se incorporan a la clase media.

Del lado del mercado laboral, la herramienta más poderosa para impulsar el bienestar de la mayoría sería aumentar los empleos para las mujeres, cuya participación en la fuerza de trabajo sigue estando rezagada con respecto a la de los hombres hasta en un 40% a nivel mundial. Incluir más mujeres supone mejores servicios de guardería y otros tipos de apoyo social en muchos países, así como avances en la equidad en los salarios, incluida una imposición fiscal más igualitaria de los generadores secundarios de ingresos.

Además, el MGI estima que solucionar barreras como las edades obligatorias de jubilación y los incentivos fiscales perjudiciales podría aadir aproximadamente 200 millones de trabajadores mayores de 65 aos a la fuerza laboral mundial. También serían útiles los esfuerzos para reducir el desempleo de los jóvenes.

Estos cambios, aunque importantes, tendrían un impacto limitado, pues únicamente aumentarían la contribución del trabajo al crecimiento futuro de una quinta parte a una tercera parte de los niveles de posguerra. Lo que el mundo necesita realmente es acelerar la productividad, no a un ritmo moderado sino al equivalente económico de la velocidad de la luz.

Afortunadamente, los laboratorios del sector privado rebosan hoy en día de innovaciones que podrían dar lugar a adelantos tecnológicos y operativos importantes para mejorar la productividad. Materiales avanzados, como los nanolaminados (lípidos comestibles) pueden aplicarse a los alimentos en forma de aerosol para protegerlos del aire y la humedad y reducir el deterioro. Los compuestos de fibra de carbono hacen que los autos y aviones sean más resistentes y ligeros, con lo que se reduce su consumo de combustibles. Además, el “Internet de las cosas” racionalizará los procesos de producción al detectar temprano las fallas potenciales, aumentará los rendimientos de las cosechas mediante la medición de la humedad de los campos y reducirá drásticamente el costo de la vigilancia remota de la salud de los pacientes.

Un poco más allá en la frontera de la productividad están los autos y camiones autoconducidos comercialmente viables. Igualmente, la biología sintética será una realidad dentro de poco, y los científicos podrán utilizar la enorme cantidad de datos genéticos que cada vez son más disponibles y asequibles para disear ADN de la nada práctica que tiene aplicaciones en la medicina, la agricultura e incluso la producción de biocombustibles.

Sin embargo, el sector privado no puede hacer realidad este potencial por sí solo. La mayoría de los países necesitan una mayor inversión del sector público para apoyar la investigación y desarrollo básicos a largo plazo y una reglamentación más inteligente y favorable a las invenciones para facilitar los beneficios a futuro. Puesto que se pueden generar más oportunidades mediante una actualización más rápida de la productividad con la adopción y difusión de las mejores prácticas actuales, los políticos deben seguir presionando para reducir las barreras comerciales y de reglamentación a la integración y la competencia de los mercados.

Tal vez se debe velar por una mayor flexibilidad de los laborales, cuyos trabajadores bien calificados estén protegidos por redes de seguridad sólidas. Esto permitiría a los trabajadores aguantar la transición hacia los empleos del futuro y permitiría a la economía obtener los beneficios de las nuevas formas de destrucción creativa generadoras de riqueza y valor. Cabe recordar que más de una tercera parte del crecimiento del empleo en los Estados Unidos desde 1990 se debe a trabajos que no existían, o apenas existían, hace 25 aos.

Algunos países, tal vez incluso deseen nombrar a un “zar del crecimiento” para conectar todas estas políticas. Pero al final lo que importa no son las cifras efectivas de crecimiento. Lo esencial es asegurar que el bienestar del mayor número posible de ciudadanos mejore, y eso requiere las acciones concertadas de los líderes empresariales, los gobiernos y la sociedad civil. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part,
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